Diario en la Esterilla

Cómo la introducción al Ayurveda complementa mi formación de yoga online

El aceite de sésamo deja una película tibia en las muñecas que no se despega ni después de lavarse las manos dos veces, y ahí sigue, con el olor metido entre las teclas del laptop. Desde que un cliente de años me recortó el presupuesto y me metí de lleno en el Instructorado de Yoga — una formación online que arrancó como curiosidad y terminó ocupando las tardes que antes llenaba buscando más trabajo —, mi semana se volvió un vaivén constante entre archivos de traducción y el mat. Bienestar freelance suena a frase de revista hasta que te toca vivirlo: cuando el ingreso es irregular necesitas algo que no dependa de que suene el teléfono, y para mí ese algo empezó siendo yoga y terminó siendo, sin que lo buscara, una entrada de principiante al Ayurveda.

Una nota rápida antes de seguir: este diario tiene enlaces de afiliado. Si alguien se anima a inscribirse en una formación o a comprar algún material por uno de ellos, me llega una comisión pequeña y a quien compra no le cuesta ni un sol extra. Acá solo menciono cursos en los que estoy metida de verdad en este momento, o cosas que uso en mi práctica de fin de semana — el mat, los bloques, ese cojín de meditación que mi gato adoptó como territorio propio. Si algo no funcionó o me dejó con dudas, también lo cuento.

Ayurveda para principiantes: lo que apareció cuando bajé el ritmo

Antes de abrir el primer módulo de Ayurveda probé lo de siempre: caminatas de media hora por el Malecón Cisneros al atardecer, con la idea de que el aire y la vista al mar me iban a bajar la ansiedad. Funcionó un par de tardes y después dejó de hacer nada — volvía a la casa igual de acelerada, solo que con las piernas cansadas también. Fue por ahí que decidí, en vez de salir a caminar una vez más, abrir el módulo de Ayurveda de mi formación.

Pensé que me iba a encontrar con recetas de té de kion y poco más. En cambio me topé con los tres doshas y la teoría de los cinco elementos o Panchamahabhuta — espacio, aire, fuego, agua, tierra —, con nombres en sánscrito que al principio se me resbalaban de la cabeza igual que los términos legales que traduzco sin entenderlos del todo la primera vez que los leo. Vata, según el módulo, es aire y espacio dominando la mente, y resulta que la mía salta de pestaña en pestaña de Chrome exactamente así, con los pies fríos y esa sensación de que me voy a deshacer si no me ancho a algo sólido. Inscribirme en esta formación fue, en su momento, más una corazonada de una noche que un plan pensado — ese proceso da para su propia entrada —, pero con el módulo ya abierto entendí que el Ayurveda no venía a enseñarme posturas nuevas sino a explicarme por qué las que ya hacía me sentaban distinto según el día.

Diccionarios de traducción junto a elementos de Ayurveda para principiantes, como aceite de sésamo y hierbas, durante mi instructorado de yoga online.

Mi práctica venía seca, y no lo sabía

Siempre pensé que mi cansancio era puramente mental, el típico cansancio visual del traductor después de ocho horas pegada a la pantalla. El curso me hizo ver algo distinto: mi práctica estaba siendo seca. Hacía las posturas, sí, pero con la misma prisa con la que entrego un archivo técnico un viernes a las cinco. Entender que necesitaba oleosidad, lentitud, algo que apaciguara ese aire constante en la cabeza, cambió más la calidad de mi respiración que cualquier instrucción de alineación que hubiera leído antes, y ese agotamiento mental que deja traducir todo el día resultó tener más que ver con el yoga de lo que imaginaba, aunque ese cruce merece su propia conversación en otro momento.

Terminando una sesión de estudio, con el estrés del cliente todavía con el fuego a tope aunque yo sea más de perfil Vata, probé una secuencia pensada para calmar Pitta. Me vino un calor repentino en la zona lumbar, un alivio que no esperaba, y ahí noté que no había respirado hondo desde que me enteré del recorte del contrato. Es parecido a lo que sentí explorando el papel del Svadhyaya o autoconocimiento, una idea que viene de los Yoga Sutras y que, resumida sin hacerle justicia, es dejar de mirar hacia afuera para revisar qué está pasando en el motor. El Ayurveda dejó de ser complemento y pasó a ser manual de instrucciones para que el yoga no fuera gimnasia de mantenimiento.

El Dinacharya cuando el cliente vive en otro huso horario

El curso habla del Dinacharya, esas rutinas diarias para sincronizarse con los ciclos de la naturaleza, y sugiere despertarse en el Brahma Muhurta, un rato antes del amanecer. Lo intenté en serio durante la semana siete, justo cuando me cayó un glosario legal pesado con entrega en tiempo récord. Me quedaba despierta hasta tarde tecleando, con el café frío al lado, y despertar al alba después de dormir tan poco fue un fracaso total; el botón de posponer del celular no tuvo compasión conmigo esa semana.

Ahí entendí algo que los manuales prolijos no dicen: para quien trabaja por encargos y tiene horarios erráticos, seguir el Ayurveda al pie de la letra no funciona. No puedes sincronizarte con el sol si tu cliente vive en otro huso horario o si la entrega depende de una noche sin dormir. Lo que aprendí en el Instructorado de Yoga fue a adaptar esa sabiduría en lugar de copiarla: si no puedo despertar al alba, al menos uso el aceite de sésamo antes de ducharme para bajarle revoluciones al sistema nervioso, junto con un par de minutos de pranayama que uso casi como botón de pausa antes de abrir la laptop, aunque explicarlo bien da para otra entrada. Practicar así, siguiendo un currículo completo en vez de armar mi propia secuencia como venía haciendo por años, también cambió el tipo de disciplina que necesito: ya no es fuerza de voluntad de un día, es sostener algo durante meses sin que el entusiasmo inicial sea lo único que lo sostenga.

Mi vecina del cuarto piso, Yuliana Choque, asoma la cabeza cuando me ve con el mat extendido a esas horas raras — practicó un par de meses durante la cuarentena y lo dejó, pero últimamente se queda parada en el umbral, brazos cruzados, sin terminar de entrar ni de preguntar qué es eso del aceite tibio. No sé si algún día cruza la puerta, pero la curiosidad silenciosa de alguien que ya probó esto y lo abandonó me recuerda que perder la constancia no es tan raro, y que retomarla tampoco es ninguna vergüenza.

Laptop con mi formación online de instructorado de yoga y notas sobre los doshas ayurvédicos sobre el mat.

Cómo fue cambiando el cuerpo, semana a semana

La nuca me queda caliente después de la quinta ronda de saludo al sol, un calor que todavía siento ahí cuando abro el primer archivo de traducción del día — una señal de que, al menos esa mañana, el cuerpo despertó antes que la cabeza. Fue más o menos en la sesión once cuando, doblándome hacia adelante en una flexión simple, sentí la espalda alargarse vértebra por vértebra en lugar de quedarse rígida como de costumbre, y me quedé ahí dos respiraciones de más solo para confirmar que no me lo estaba imaginando.

El módulo de anatomía básica me hizo revisar cosas que venía haciendo mal desde hace tiempo sin saberlo — nada grave, pero sí el tipo de detalle que un ojo autodidacta no pesca solo mirando videos. Ya no busco únicamente ejercicios para el cuello cuando los hombros están destrozados por la tensión; ahora entiendo mejor qué estoy tratando de equilibrar antes de moverme. Esa corrección fina, la de posturas que uno cree dominar pero aprendió sola, da para su propia conversación en otro momento.

Ajustar lo pequeño, sin prometerme nada grande

La postura de la rueda siempre me dejaba un clic en las vértebras que me ponía nerviosa, y aunque no quiero prometer que el Ayurveda arregló eso de un día para otro, preparar el cuerpo según el dosha que domina ese día — calentar distinto si ando con exceso de Vata o de Pitta — sí cambió cómo llego a esa postura. La activación interna que el curso llama bandhas, ese sostén desde el centro más que desde la fuerza bruta de los brazos, ayuda ahí también, aunque es otro tema que merece más espacio del que le puedo dar aquí.

Lo que sí noto, acumulado, es menos ansiedad frente a los silencios largos de un cliente, menos manía de comer con la vista pegada a la pantalla — un pecado ayurvédico que cometía a diario sin pensarlo dos veces —, y más claridad para distinguir los días que piden fuerza de los que piden quedarse quieta y descansar de verdad. Esto último se parece a lo que el curso llama yoga nidra, un descanso profundo y guiado que todavía no domino del todo, pero que uso las noches en que ni la cama resuelve el cansancio acumulado.

Mano alcanzando un cinto de yoga durante una pausa de bienestar freelance, en una tarde nublada de Lima.

Lo que le diría a quien recién empieza

Esta formación me está dando más que un certificado para colgar en una pared que probablemente no voy a colgar. Me da un lenguaje para entender por qué me agoto y cómo volver a algo parecido al centro, aunque hay días en que esa frase me suena pretenciosa incluso escribiéndola yo misma. Hay una seguidora de Buenos Aires, Josefina, diseñadora gráfica, que todavía no practica pero sigue cada entrada calculando en voz alta cuántas horas libres le quedarían a la semana si se anota en un instructorado como este — y la entiendo, porque yo hice esa cuenta muchas veces antes de decidirme, y la respuesta nunca termina de ser cómoda.

Si el compromiso de un instructorado completo suena a demasiado ahora mismo, existen opciones más ligeras como el Curso Yoga en casa, que ayuda a poner base sin la presión de una certificación profesional. Y si de pronto aparecen niños pidiendo sumarse al mat, he visto compañeras que se inclinan por el Instructor de Yoga para Niños, aunque ese es un camino distinto al mío y no es algo sobre lo que pueda opinar con autoridad. Por mi lado sigo en el Instructorado de Yoga, con algún día donde me pregunto con qué autoridad voy a corregirle la postura a alguien más si todavía me corrijo a mí misma frente a la pantalla.

No soy médica ni terapeuta, y todo esto es experiencia personal tropezando con módulos entre traducción y traducción; si hay algo serio de salud de por medio, antes de cambiar rutinas o probar posturas más exigentes conviene consultar a un profesional. Si me preguntan qué me llevo hasta ahora, no es una postura nueva ni una palabra en sánscrito memorizada: es que el yoga deja de ser gimnasia en el momento en que entiendes el porqué detrás del movimiento, y ese porqué no aparece leyendo el módulo una vez, aparece sosteniendo la postura una respiración más de lo que es cómodo, semana tras semana. Nos vemos en el mat.

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