Diario en la Esterilla

Beneficios de un instructorado de yoga para mejorar tu técnica personal

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Seis preguntas se repiten cada vez que cuento, en el grupo de Discord de práctica matinal o en los comentarios de Instagram, que llevo meses metida en un instructorado de yoga sin planear jamás pararme frente a una clase. Las mismas seis, con variantes mínimas, entre gente que practica yoga para adultos hace años y quiere saber si una formación online realmente cambia algo en la técnica, o si es solo un título más guardado en una carpeta. Esta entrada junta esas preguntas tal como me las hacen, con las respuestas que le doy a cada una, pensando siempre en el bienestar de una freelance que no tiene jefe que le recuerde parar a estirar la espalda.

Antes de seguir, una aclaración rápida: hay enlaces de afiliado en este texto, y si te animas a anotarte en algo a través de ellos me llega una comisión sin que a ti te cueste un sol de más. Solo hablo del Instructorado de Yoga en el que estoy metida ahora mismo, o de cosas que uso de verdad mientras trato de que mi espalda de traductora aguante las horas frente a los diccionarios. Si algo no me convence, también lo digo aquí.

¿Vale la pena hacer un instructorado si no piensas dar clases?

La pregunta que más se repite, sobre todo entre quienes llevan un buen tiempo en la esterilla, es esta: si no vas a enseñar, ¿para qué meterte en una formación completa? Corina Vélez, mi compañera del grupo de Discord de práctica matinal, manda un audio larguísimo después de cada módulo con sus propias conclusiones, antes incluso de que yo haya terminado de procesar las mías, y su versión de esta pregunta suele venir cargada de la misma duda: sentir que una no tiene derecho a estudiar pedagogía si nunca planea pararse frente a un grupo. A mí me pasó algo parecido las primeras semanas, una especie de vergüenza de estar ahí, ocupando un cupo pensado para gente que sí quiere certificarse para trabajar. La primera semana, de hecho, golpea distinto de lo que una espera, pero esa parte ya quedó contada en otra entrada.

Lo que cambió esa sensación fue una necesidad más simple: quería validar mis conocimientos de yoga autodidacta, saber si lo que hacía sola en mi práctica diaria tenía sentido o si solo estaba ensayando una lesión futura. Al abrir el primer módulo de este Instructorado de Yoga, que tiene una calificación de 4.0 entre otras alumnas, me llevé un golpe de ego chico: saber ejecutar una postura y entender por qué se ejecuta así resultaron ser dos cosas bien distintas. Esa distancia es, para mí, la respuesta completa a la pregunta de Corina, no hace falta querer enseñar para que valga la pena, alcanza con querer entender.

Bloque de yoga junto a libros de traducción, reflejo de cómo el instructorado de yoga se combina con el trabajo freelance.

Corregir años de errores en la esterilla, con ayuda de un currículo

La segunda pregunta suena distinta pero apunta al mismo lugar: ¿de verdad un instructorado corrige hábitos que llevas años arrastrando sola? En mi caso, después de seis años en la esterilla, sí, aunque no de la forma dramática que una se imagina. Seguir un currículo estructurado, en vez de armar la práctica a mi gusto cada mañana, me obligó a mirar posturas que daba por resueltas hace rato. No voy a entrar aquí en el detalle de qué error corregí ni cómo, porque esa historia ya la conté completa en otra entrada, pero sí puedo decir que el currículo señala cosas que uno mismo nunca se pregunta cuando practica sin guía.

Antes de esto probé de todo para el insomnio de traductora freelance que me llevó al mat en primer lugar, incluida la melatonina antes de apagar la pantalla, que nunca me hizo gran efecto. Lo que sí funcionó, con el tiempo, fue la constancia, y lo noté de verdad una mañana en que abrí los ojos antes de que sonara la alarma, pensando no en el archivo pendiente sino en cuánto espacio libre quedaba en la sala para tirar el mat. Ese tipo de cambio no lo explica ningún módulo de anatomía; lo explica la repetición.

La Asana deja de ser un punto de llegada y pasa a ser parte de un proceso más largo, aunque no voy a meterme aquí en anatomía profunda ni en qué articulación hace qué, eso se lo dejo a quien enseña anatomía a fondo. Tampoco entro en el asunto del dolor de espalda por teletrabajo, aunque el cruce entre yoga y horas de escritorio da para su propio tema. Lo mismo con la respiración, el trabajo de pranayama entre posturas cambió de una forma que no sé explicar con precisión técnica, y con el sánscrito, que empecé a usar para nombrar movimientos que llevaba años haciendo sin saber cómo se llamaban. Son hilos que prefiero no tirar del todo en esta entrada.

Textura de una esterilla de yoga bajo luz de mañana, parte de la práctica de técnica de yoga en un instructorado para adultos.

Lo que aparece cuando la teoría choca con tus hábitos

Casi siempre la tercera pregunta llega con cara de sorpresa: ¿el instructorado no terminó gustándote más la práctica libre? Algunas tardes, el módulo cruza con filosofía del Hatha Yoga, y ahí el currículo empieza a sentirse más completo que cualquier secuencia suelta armada por mi cuenta. Pero también aparece fricción: he notado que cuando la teoría del instructorado contradice mis hábitos, suele ser porque el hábito era el camino fácil, no el más sano. Eso incomoda, pero es útil, es la parte que ninguna práctica en solitario te muestra sola.

Dentro de esa misma curiosidad, en algún momento terminé mirando el Instructor de Yoga para Niños, que tiene un rating de 4.9. No porque piense enseñarle a niños en algún momento, sino porque la forma en que ahí explican la movilidad básica me ayudó a entender bloqueos que arrastro de adulta. También aprendí algo sobre cómo se arma una clase de principio a fin, la lógica detrás de por qué una secuencia empieza de cierta forma y termina de otra, aunque ese tema, otra vez, merece su propio espacio y no lo voy a resolver aquí.

Laptop con material de estudio de un instructorado de yoga online junto a una taza de té, durante una sesión de formación.

Cómo encaja una formación online en una semana de traducciones

La cuarta pregunta es logística: ¿cómo metes una formación completa en una agenda de freelance que ya está llena? La respuesta corta es que no hay un horario fijo, hay huecos que se abren cuando un cliente cambia de planes, y ahí entra un módulo. El proceso de certificarse online tiene su propio ritmo, con evaluaciones que hay que ir cerrando, pero nada de eso reemplaza la parte de sentarme a mirar el material cuando el trabajo me deja un margen real.

En cuanto al espacio y el material, no hace falta gran cosa, un lugar donde quepa el cuerpo entero y lo básico de siempre alcanza; no es una formación que pida mobiliario especial ni una habitación dedicada. Mabel Zuñiga, que me escribe desde Medellín y lleva tres años practicando Vinyasa, me repite cada tanto que 'está casi lista' para anotarse en este mismo Instructorado de Yoga, sin terminar de dar el paso. Para quien está en esa misma duda y no quiere el compromiso de meses que pide una certificación completa, ahí está el Curso Yoga en casa, más ligero, pensado para mejorar la ejecución sin meterse en pedagogía ni anatomía a fondo.

Esterilla de yoga enrollada en un rincón de un departamento en Lima, símbolo de constancia dentro de un instructorado de yoga para adultos.

¿Y si solo quieres mejorar la técnica, sin certificarte?

Esa es, en el fondo, la sexta pregunta y la que más me hacen quienes no tienen ningún interés en un título. Mi respuesta, después de meses metida en esto, es bastante simple: si tu práctica sola dejó de darte respuestas, si repites la misma secuencia sin saber muy bien por qué la cabeza va aquí y el pie allá, un currículo estructurado ayuda más que otro video nuevo en la lista de reproducción. Si en cambio solo buscas ajustar la ejecución sin cargar con meses de anatomía y pedagogía, el camino más liviano existe y no hay que avergonzarse de elegirlo.

Puedes echarle un vistazo al programa completo del Instructorado de Yoga y ver si el currículo te resuena tanto como a mí, o quedarte con la versión más ligera si eso es lo que necesitas ahora. Cualquiera de las dos rutas parte del mismo lugar: la técnica no es estética, es cuidar el cuerpo que sostiene todo lo demás, incluidas las horas frente a los diccionarios.

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